El frío de Diciembre en Madrid empezaba ha asomarse por doquier entre las personas que recorrían sus calles, sin rumbo buscando una sonrisa o incluso un corazón al que poder regalar la felicidad. Había pasado tanto tiempo desde que se marchó que nuestro recuerdo se antojaba demasiado efímero para haber sido real.
Miré el tenue sol que se escondía tímido entre las nubes, sintiendo una extraña añoranza que me recordaba a nuestra distancia. Mi vida se había compuesto de pequeñas acciones sin sentido, sin tener un principio ni un fin desde que se fue de mi
Miraba a mi alrededor sin saber de verdad si observaba lo que tenía delante. Corría por las calles sin saber porque lo hacía, necesitaba liberarme de aquel bullicio que la gente causaba. Quería alejarme y volverme fría con el contacto humano. ¿Por qué tuvo que marcharse? Después de tanto tiempo nuestro juego empezó a perder ese encanto que nos cautivo durante la partida. Nunca busqué en su ausencia el cariño de una persona, no necesitaba un beso, ni una caricia ni si quiera buscaba un abrazo, amor o comprensión en una mirada ajena. Siempre tenía esa mirada llena de picardía que me hacía sentirme importante, era raro no sorprenderle quitando una a una todas aquellas etiquetas que yo colocaba por un fanatismo a lo utópico y a la diversión. Había sido uno de esos chicos que cada vez que quería, te sacaba tu sonrisa más sincera, pero únicamente él tenía por costumbre sentarse en la cama después de cada película, encenderse un cigarrillo y pensar en los colores que ya no nos visitaban, me preguntaba entre besos y caricias si la vida era como muchas de esas historias que veíamos, en las que creíamos y teníamos una pequeña fe. Quizás rompí una perfección tras otra, o sólo rompí la única que me hizo sentirme viva, lo mejor no era si encontraba una respuesta a sus dudas, era subir la música, disfrutar de cada suspiro y envolverse en cada letra, pero toda canción tiene un final y con él un pensamiento y una esperanza que cae rodando cuando termina el ultimo sonido.
